SEBASTIÁN ROSSO

ARCHIVO LA GACETA

Los ingenios han sido fuente de nuestra imaginación, al menos durante todo el largo período que sus fábricas y cañaverales dominaron el paisaje tucumano. La imagen misma de ellos aparece en toda su diversidad y en gran cantidad en la última década de siglo XIX; sin embargo, si avanzamos hacia atrás en el siglo, esta riqueza iconográfica comienza a perderse. Entre las más antiguas fotos que tenemos de esas fábricas, está la famosa serie de fotografías que hiciera Ángel Paganelli entre 1868 y 1870. Impresionante trabajo de documentación visual que se publicara parcialmente en el libro de Granillo, en 1872. Sobre este libro ya nos explayamos en esta misma sección, en LA GACETA del 18-07-2015. Ahí, entre ellas, está la foto que hoy publicamos: es una vista, desde un piso superior, del patio interior de la Hacienda Esperanza, una gran finca ubicada en Cruz Alta, a unos 12 kilómetros al este de la ciudad de Tucumán. Era propiedad de Wenceslao Posse, y lo excepcional de esta foto, es que nos muestra la fábrica, en una etapa de su crecimiento, que estaba pronta a superar.

Tres etapas

Los investigadores Bonano y Rosenzvaig, en su libro “De la Manufactura a la Revolución Industrial”, la definieron como Etapa Maquinofacturera. A grandes rasgos, los autores proponen tres grandes etapas en la industrialización de los ingenios azucareros: una inicial o manufacturera, una intermedia o maquinofacturera, y, como tercera y última, la completa industrialización de la fabricación de azúcar, llamada fabril.

La etapa maquinofacturera, comenzó en Tucumán promediando la década de 1840 y constituyó el pasaje de las pequeñas fábricas artesanales de los comienzos, a las grandes fábricas de fin de siglo. “Las características centrales de la maquinofactura en el Norte Argentino fueron: la incorporación de la máquina a vapor, en algunas etapas del proceso industrial; el aumento de la producción de azúcar; el aumento de la productividad hombre-azúcar”.

Primeras máquinas

En el Esperanza, la mecanización había comenzado a mediados de la década de 1860, cuando se habían instalado máquinas centrífugas y un trapiche de hierro. En esos momentos, el establecimiento Esperanza se había ubicado como la maquinofactura más grande de Tucumán; producía unas 80 toneladas de azúcar al año. Su trapiche de hierro vertical, movido por una rueda hidráulica de proporciones, se sumaba a sus poderosas centrífugas a vapor. El ingenio contaba entonces con 60 cuadras de caña y encabezaba la lista de ingenios descriptos por el libro de Granillo.

Según Bonano y Rosenzvaig “hacia 1870, de los 46 establecimientos productores de azúcar en Tucumán, 19 tenían trapiches de madera, los 27 restantes de hierro, pero todos verticales y sólo 11 tenían centrífugas”. Al grupo que aún conserva el trapiche de palo es al que les llama manufacturas; los restantes estaban ya en carrera a la completa industrialización. Para los que comenzaban a retrasarse en esta carrera tecnológica, un oscuro augurio los apretaba: “La aparición de la combinación del trapiche de hierro con la centrífuga a vapor impuso que, en lo sucesivo, toda tecnología más primitiva esté condenada a competir en condiciones crecientemente desventajosas”.

Máquinas nuevas

Solo seis años después de la foto, en 1876, el Esperanza se lanza a la última etapa, la fabril, incorporando máquinas para casi todo el proceso industrial. Cuando se publica, en 1882, la “Memoria histórica y descriptiva”, el Esperanza sigue encabezando la lista de ingenios.

“El que más llama la atención por la homogeneidad de las diversas partes de su maquinaria, salida toda de un mismo taller de construcción, el de los Sres Cail y Cia, de París, y por la simetría en sus edificios y en la colocación de sus aparatos, es el de los señores Wenceslao Posse e hijo”. En ese momento, la fábrica y sus dependencias ocupan una superficie de 5.200 metros cuadrados. Maneja unas 400 hectáreas de caña y dos acequias. Ya es mucho más grande que el que mostramos en la fotografía.

El 1900 ve morir a su fundador Wenceslao Posse. Hoy, el Esperanza, es un montón de ruinas desperdigadas: la fábrica hecha depósito de cereales, un edificio de administración abandonado, un chalet convertido en edificio comunal, una capilla que sigue en uso, una chimenea solitaria, y todas las viviendas obreras sembradas en Delfín Gallo.